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En Venezuela la oposición al gobierno de Hugo Chávez utilizó una estrategia muy simple. A partir de poderosas televisoras, lanzó a la calle a miles de ciudadanos de la pequeña burguesía, de clase acomodada, de ciertos grupos populares inconformes, entre los que se mezclaban guaruras a sueldo que promovieron disturbios, y hasta muertos. Si el gobierno de Chávez encarcelaba a los que producían desmanes, se le acusaba de que reprimía las manifestaciones, y por ello impedía la libertad de expresión a la oposición. Por otro lado, si el gobierno de Chávez no actuaba, para no mezclarse en actos no promovidos por el gobierno, se le acusaba de no impedir los actos violentos - organizados por los guaruras a sueldo mezclados entre los manifestantes. Además, de todas maneras, esos actos violentos organizados por la oposición se los atribuían al gobierno de Chávez y a sus partidarios. ¡No hay salida! Una vez lanzada la gente a la calle, en su mayoría con buenos propósitos, se desata una lógica que, interpretada masivamente desde los medios de comunicación, "siempre" permite recriminar al gobierno de inoperancia, de violenta represión o de manipular contra la oposición a sus movimientos populares - que habrían sembrado la violencia en la pacífica manifestación de la oposición. Atribuir el problema de la inseguridad a un gobernador es ver una parte del problema, pero no ir a las causas. La causa es la pobreza de un país que debe pagar injustamente la deuda de muchos capitales privados que fue atribuido al Estado, las "deudas fueron nacionalizadas" por un acto injustificado. Esto significa que este año, México deberá pagar US$ 52 mil millones entre deuda externa e interna (que se acumula desde López Portillo, y se acrecienta con Carlos Salinas y desmedidamente con el "salvataje de los bancos" de Zedillo); deuda anterior al actual gobierno federal y del Distrito Federal. Esas son precisamente las causas de la inseguridad. Manejar tal inseguridad directamente contra un gobierno particular es injusto. De todas maneras, el motivo de la manifestación es real. El manejo responde, sin embargo, a una estrategia que ya ha sido usada en Venezuela, lo que al parecer indica que ciertas tácticas se generalizan en América Latina y hay que contar con ellas. Como no hay medios (televisoras o radios) que compitan realmente con la "interpretación" de los "grandes" medios, esa "interpretación" se impone infaliblemente, aunque sea por repetición. Y como es la "interpretación" de los acontecimientos la que fija el sentido de los actos, al final la política está en poder del que "interpreta". El poder del gobernante (aunque lo haya elegido una mayoría aplastante) es "impotente" ante el poder de la "interpretación" de los medios de comunicación (la mediocracia de Agambe), y mucho más cuando esos mismos medios son actores que originan hechos de masa en los que participan. Ponen un acto público (aún con violencia, y que "siempre" podrán interpretar), contra la autoridad.
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