| La
izquierda latinoamericana está de plácemes.
Por primera vez en su trágica y errática historia,
una serie de partidos que se mueven bajo esta enseña se han
ido apoderando de las riendas del Estado en varios países,
algunos de ellos de primera importancia, como es el caso de Brasil.
También se cuenta entre ellos a Chile, Argentina y Uruguay.
Algunos consideran que la Venezuela de
Hugo Chávez, y hasta los gobiernos del ahora defenestrado Lucio
Gutierrez en Ecuador y de Martin Torrijos en Panamá, hacen
parte de dicha ola roja. Los vaticinios arrojan pronósticos
muy favorables en Nicaragua donde el sandinismo, de la mano de Daniel
Ortega, se apresta a una casi segura victoria electoral. También hay signos de triunfo en México con Andrés
Manuel López Obrador, quien planea dejar su puesto como alcalde
de la capital el 31 de julio próximo para concentrarse en su
campaña electoral para las elecciones presidenciales del 2006;
y hasta en Bolivia, con el líder indigenista Evo Morales. En
un reciente artículo publicado en el diario La Nación
de Buenos Aires, Andrés Ophenheimer se refirió a este
fenómeno, al que llamó "la ola izquierdista". Quince
años atrás, una situación de éstas no
sólo era impensable, sino francamente imposible, pues los alinderamientos
de la guerra fría hubiesen ahogado esta tendencia. Pero también hubiese podido naufragar
en el mar de sus rivalidades doctrinarias internas. La izquierda posguerra fría es muy distinta, aunque sigue
siendo un fenómeno bastante abigarrado y lleno de múltiples
matices. Así,
por ejemplo, nadie podría igualar a un socialista ultramoderado
como Ricardo Lagos, presidente de Chile, con un dirigente tan radical
como Evo Morales, o a un pragmático Nestor Kirchner, presidente
argentino, con un populista como Chávez. No es comparable un
López Obrador con un Ortega que ha sobrevivido, no se sabe
cómo, a tantas acusaciones de corrupción. Práctica y teóricamente, esta izquierda latinoamericana
es un auténtico popurrí, y esa es una característica
que se debe aplaudir porque va en la ruta de la diversidad, del pluralismo,
del antidogmatismo. Ya
no se ve el triste espectáculo de unas izquierdas que peleaban
entre sí por el liderazgo de la revolución, para ver
cuál era más revolucionario o quién estaba más
comprometido con la vía armada, para definir si el campesinado
era más revolucionario que los obreros; ya no se discute como
antes si lo que se requiere para hacer la revolución era un
partido de vanguardia o si basta una organización tipo ejército
guerrillero. Es más,
hoy ya ni se habla de dictadura del proletariado. Los
maoístas, los marxistas-leninistas, los troskistas, los camilistas,
los socialistas puros, los duros castristas, los guevaristas, los
hoxistas, los kimilsunistas, los polpotianos, los estalinistas, los
autonomistas, y un largo etcétera, ya son piezas del museo
de voces antiguas en extinción. Hoy, las élites de la izquierda hablan contra la globalización,
conversan sobre elecciones, hacen ruedas de negocios en Davos, Suiza,
y al día siguiente acuden a Porto Alegre, Brasil, a recibir
los abucheos de los más feroces y sectarios izquierdistas.
Hoy hablan de democracia, del medio ambiente, de justicia social,
culpan al Fondo Monetario Internacional (FMI) de todos los males,
al imperialismo de todas las guerras, pero llegada la hora, no vacilan
en aceptar las recomendaciones del FMI y hasta en buscarle el lado
a los norteamericanos para tantas cosas que hacen falta. Es definitivamente una izquierda más pragmática y menos doctrinaria, más abierta a reconocer las limitaciones reales y abismales del ejercicio del poder, y aunque no faltan los caudillos mesiánicos, también surgen gratas sorpresas como Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil, que cada día emerge más como un gran estadista en vez del caudillo del Partido de los Trabajadores del Brasil. Lula y su campaña contra el hambre, con la que ha atraído a los gobernantes de todo el mundo y de todas las tendencias, es la mejor prueba de cuán lejos puede llegar una izquierda democrática, civilizada, sin colmillos, razonable, alejada de los dogmas y del espejismo revolucionario. Ojalá que sirva para algo positivo, para aliviar la vida macerada de nuestros pueblos. |
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La ola roja latinoamericana
Darío
Acevedo Carmona
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